Marla desmontó su caballo a pocos metros de donde estaba Abel, no quería espantar al alazán ni tampoco que el sacerdote terminara huyendo de su realidad.
Se arregló el escote del vestido blanco, decorado con flores rojas, se arregló un poco el cabello enmarañado por la brisa y fue hasta donde estaba él.
Abel estaba tan ensimismado en sus pensamientos que no se percató de su presencia física, en su mente rondaba la imagen de Marla desde que la vio frente a él confesando aquella verdad. ¿Era