Luego de aquel momento de lujuria y placer nunca antes vivido, Abel se levantó abruptamente, se arregló el pantalón, llenando sus manos de su propio semen ¿Qué he hecho, Dios? Frotó sus manos de su pantalón, mientras se debatía mentalmente; su rostro mostraba desconcierto y confusión. Pasaba las manos por su cabeza y su rostro como queriendo borrar aquella sensación de deseo que aún le recorría por dentro.
Marla se sentó en la grama, con la respiración agitada, con los síntomas de la excitació