Teo corría por ese callejón de atrás del comedor tanto como sus pies soportaban.
—¡¿Qué pasa?! —preguntó a los gritos la chica.
—¡Solo corre! —gritó él, con el aire faltante en su pecho, se hallaba desacostumbrado a hacer esa clase de deporte al extremo.
Llegaron a una tapia que saltaron y se refugiaron en el interior de una casita en ruinas.
—Que horrendo lugar, aquí si que nos pueden matar. —dijo Susan, mirando a su alrededor las paredes resquebrajadas y la suciedad acumulada por años.
Teo mi