El sol comenzaba a ponerse sobre la ciudad, tiñendo de naranja las paredes del apartamento. Amara y Lia estaban sentadas en el sofá, con una taza de té en las manos. El ambiente era tranquilo, pero algo en el aire parecía que no podía dejar de inquietarlas. Habían estado hablando de todo un poco, pero, inevitablemente, la conversación se desvió hacia lo que ninguna de las dos quería recordar: el secuestro.
“¿Recuerdas ese momento?” dijo Lia, su voz temblando ligeramente. “Lo pasamos tan mal, Ama