El bullicio de la casa, que hasta hacía un momento había sido la melodía familiar que acompañaba la tarde, comenzó a desvanecerse en el instante en que Dimitrios escuchó el grito. No fue un grito fuerte, pero sí lo suficientemente cercano como para helar su sangre al instante. Un estremecimiento recorrió su cuerpo, y su corazón comenzó a latir más rápido, golpeando su pecho con fuerza.
Dejó de hablar con su primo, sin siquiera dar una excusa. Todo su ser se tensó. Algo estaba mal. Amara.
No lo