Su voz temblaba de terror. Sus piernas falquearon ycayó de rodillas, golpeando su frente contra el suelo de mármol una y otra vez. Todo su orgullo de Alfa se había esfumado.
—No pretendía hacer daño, lo juro. Isabella y yo somos compañeros. Solo quería traerla de vuelta a la manada. Lo siento, señor Mendoza. No tenía idea de que Isabella provenía de una familia tan poderosa.
Diego no era más que un perro patético, arrastrándose a mis pies, con todo su orgullo de Alfa hecho pedazos.
Mi padre, irr