—Muy bien, tío Raymond. Vámonos a casa ya —dijo Xavier, mirando a Raymond con ojos cansados.
—Como usted diga, joven Xavier —Raymond asintió, extendiendo su dedo índice para que Xavier lo sujetara mientras su otra mano deslizaba el revólver de vuelta al bolsillo de su chaqueta con una destreza practicada.
—Ten cuidado ahí fuera, Raymond. Recuerda lo que te dije —la voz de Rafayel llevaba el peso de mil advertencias repetidas.
Tras su partida, el pasillo se sintió cavernoso. Solo quedábamos Rafa