Madison se sintió mareada, el aire le faltaba en sus pulmones al ver a su marido de pie en la sala. El niño ya lo había hecho pasar y saltaba de emoción.
—¡Mamá! ¡Mamá! Mi papito ayer me prometió que hoy nos veríamos de nuevo y aquí está. ¡Mi papá es el mejor, él no miente!
—Hijo, por favor, ve a tu habitación a lavarte los dientes.
—Está bien, mamá.
Ven, papá, te mostraré mi habitación. —dijo el inocente niño. Arnaldo volteó a ver a Madison como pidiendo permiso; sin embargo, esta le dio una