3 El funeral

22 AÑOS DESPUÉS

Fabrizio estaba vestido como era debido para la ocasión, con traje y corbata color negro. Alquiló un servicio de coche con chofer, pues había viajado desde Venezuela ese mismo día en la mañana a Miami para asistir al funeral de su padre y uno de sus hermanos, quiénes habían muerto en un fatal accidente automovilístico.

El auto se estacionó cerca de la entrada de la funeraria donde toda la familia de los difuntos se encontraba. Allí solo faltaba Fabrizio, el menor de los cinco hijos del magnate… y el bastardo.

Del lado izquierdo del auto bajó Fabrizio; del otro lado bajó Francisco, un elegante caballero de más de cincuenta años. Él era su tío, hermano de su madre, el cual con talante engalanado se robaba las miradas de todos por donde pasaba.

Él difunto Fabián Murrié lo dejó a cargo de su hijo en Venezuela desde que Dayanna perdió su batalla contra el cáncer cuando Fabrizio aún era un adolescente.

Francisco siempre estaba cerca del joven y era su mano derecha en los asuntos empresariales y también era su mentor y consejero de vida; eso no significa que Francisco tuviera la más mínima capacidad de dirigir a su sobrino por el camino de la rectitud, era todo lo contrario; pero de eso habremos más y adelante, a medida que les cuente esta historia descubrirán lo mal consejero y alcahueta que era Francisco con su sobrino.

Fabrizio tenía una pequeña planta productora de chocolate. En realidad no era muy pequeña, era inmensa y producía para el joven el suficiente dinero para vivir como él quisiera. Pero si se le comparaba a la planta que su padre tenía en Estados Unidos, la de Fabrizio parecía una pequeña sardina al lado del Titanic.

Ambos caballeros entraron al edificio de la funeraria, se dirigieron hacia la sala donde velaban al magnate y a su hijo Andrés.

De pronto llegaron a la mezzanina y se toparon con uno de los hijos del difunto y su viuda; también estaba con ellos Mariangel, la novia del difunto Andrés.

La rubia tenía los ojos hinchados de todo lo que había llorado por la muerte de su prometido. Aun así conservaba su belleza y su estilo refinado. Sandra, la hija del magnate vio llegar a Fabrizio y le tocó el hombro a su madre.

—Mira mamá, el bastardo, se atrevió a venir. —Doña Inés Murrié, la viuda del magnate se puso de pie con talante altivo y su hijo José Ernesto también se levantó.

—¿Cómo se atreve a presentarse en este lugar? —Reinaldo le dijo:

—Con todo respeto doña Inés, me parece que en este momento no hay lugar para los rencores; además Fabrizio tiene el mismo derecho que sus hijos de darle el último adiós a su padre.

Los ojos de Inés parecían los de una serpiente cascabel.

—No permitiré que este bastardo avergüence a mi familia acercándose a mi difunto esposo delante de todos, les ordeno que se larguen.

Fabrizio no se le quedaba callado a nadie:

—Usted no me da órdenes vieja loca. —José Ernesto se enfureció.

—No le hable así a mi madre, igualado. —Sandra tan humillante como su madre agregó:

—Usted no tiene absolutamente nada que hacer aquí, o qué, ¿quiere mostrarse delante de todo el mundo como un Murrié?

—Soy un Murrié.

—Usted no es más que un bastardo, el hijo de una sirvienta que se metió en la cama de mi padre. —Mariangel la prometida del difunto Andrés miró con menosprecio a Fabrizio y le dijo.

—¿No escuchó? váyase y no nos interrumpa, ¿Acaso no entiende que este no es su lugar? —Fabrizio también la miró con menosprecio y con la voz ronca respondió:

—¿Quién es usted para decirme lo que yo tengo que hacer? —Sandra con la voz chillona le dijo:

—¿Acaso olvidó que ella era la prometida de Andrés? o sea, es de la familia, ella tiene derecho de correrlo cuando le dé la gana.

Flavio el padre de Mariangel llegó dónde ellos estaban, notó que ella y Sandra discutían con Fabrizio.

—¿Qué pasa aquí?

—Nada papá, que este señor nos está importunando el duelo. —Él miró a Fabrizio.

—¿Qué les hizo?

—Nada, solo quiero ver a mi padre y darle un último adiós, pero esta señora me lo quiere impedir.

La viuda agregó:

—Usted es el hijo de una sinvergüenza, no tiene derecho, lárguese.

—No le permito faltarle el respeto a mi vieja cacatúa. —Flavio intentó calmarlos, pero ellos no lo escucharon.

—El respeto se lo faltó ella misma. Y no le permito presentarse en esa sala. José Ernesto llama a seguridad y que saquen a esta basura. —Fabián el otro hijo del difunto salió de la sala y notó que algo sucedía. —Reinaldo le dijo a Fabrizio:

—Ya vámonos Fabrizio, es mejor que no busquemos más problemas. —A Fabrizio se le aguaron los ojos y con indignación les dijo:

—Ustedes no tienen derecho de impedirme ver a mi padre. Lo amo tanto como a cualquiera de sus hijos y deseo darle un último adiós, les prometo que después no me volverán a ver.

—No. —Dijo la viuda. Los hombres de seguridad llegaron—. Llévense a este intruso.

—No hay necesidad de que nos saquen. —Dijo Francisco—. Vámonos Fabrizio, tu padre desde el más allá sabrá que hiciste lo posible por venir a verlo.

En el auto camino al hotel Fabrizio no emitió ni una palabra, cuando llegaron a la suite el joven sacó una botella de coñac y se sirvió un trago y lo bebió de una sentada, Flavio le dijo:

—Lamento mucho lo que sucedió. —Fabrizio se sirvió otra copa le dijo:

—Era lo que ambos esperábamos de esos lobos.

—Creí que tal vez el duelo los ablandaría un poco. —Los ojos de Fabrizio brillaban de ira.

—¡Malditos! ojalá y queden en la ruina. Si pudiera me vengaría de ellos, les haría pagar todas las humillaciones que nos hicieron a mi madre y a mí desde que yo era un niño.

—Una oportunidad de venganza te vendría muy bien, yo también lo disfrutaría. A esa vieja me encantaría verla tirada en el piso lamiéndote los pies y pagando por todo lo que le hizo a mi hermana. Pero eso no será posible. Mejor olvídate de ellos para siempre.

—Desde que tengo uso de razón he sufrido humillaciones y maltratos de su parte.

—Sí, pero ya tu padre murió, y te dio tu parte de la herencia. Ellos no podrán hacerte más daño, mejor trata de descansar esta noche, mañana regresamos a Venezuela —Él se acercó y le dio un par de palmadas en el hombro—. La vida continúa para ti, tienes una planta de chocolate por dirigir, una hermosa prometida que dentro de pocos meses será tu dulce esposa, tendrás tus propios hijos, y olvidarás todo lo que ellos te han hecho.

—Sí, seré feliz con Patricia, espero no saber nada de esos malditos lobos.

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