CAPÍTULO 11. Rostros y Máscaras
Valentina, aún con el corazón latiendo rápido por la humillación sufrida, se detiene en uno de los balcones de la mansión. Necesita aire. Necesita no llorar delante de todos.
Apoya las manos en la baranda fría y cierra los ojos un instante, respira hondo. La brisa fresca le revuelve algunos mechones del cabello, pero no le importa.
—¿Puedo acompañarla? —pregunta una voz masculina, profunda, con un acento italiano sutil.
Valentina se gira lentamente. Frente a ella, un hombre desconocido sonríe,