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Las puertas de la iglesia se abrieron de golpe.
Todas las cabezas se giraron. Trescientos silencios se detuvieron al instante. Sofía se quedó allí, sin aliento, temblando, demasiado tarde. La marcha nupcial ya sonaba.«No…» susurró, recorriendo con la mirada el pasillo, el altar…
el novio.Pero la novia no estaba allí.
Sintió un nudo en el estómago. Algo andaba mal.Avanzó tambaleándose, sus tacones resonando contra el mármol, su pulso rugiendo en sus oídos.
«¿Dónde está?», exigió Sofía, agarrando a la dama de honor más cercana.
La chica parecía pálida. «Ella… estaba aquí hace diez minutos… y luego simplemente… desapareció».
Un escalofrío recorrió la espalda de Sofía.¿Desapareció?
Fue entonces cuando lo vio. Rafael Montero. De pie en el altar como si nada hubiera pasado. Perfectamente sereno. Traje negro. Gemelos de plata. Ni una sola grieta en su expresión.Como un hombre que no pierde el control. Como un hombre indiferente.
Sus miradas se cruzaron.Y algo cambió.
No fue sorpresa.
Reconocimiento. Sofía se quedó paralizada. No… eso no era posible. Él no me conoce. No puede. Una mano firme la agarró del brazo de repente. Su padre. Su rostro estaba pálido, su voz baja y amenazante.«Vas a caminar hacia el altar».
Sofía parpadeó. «¿Qué?»
«Lo perderemos todo si esta boda no se celebra», siseó. «Todo, Sofía».
Su corazón latía con fuerza. «Ese no es mi problema… ¿dónde está Camila?!»
«¡No me importa dónde esté!», espetó entre dientes. «Eres su hermana. Ocuparás su lugar».
Sofía se apartó. «No puedes hablar en serio».
«Hablo muy en serio».
Su madre intervino, temblando. “Por favor… solo haz esto. Lo arreglaremos después.”
¿Arreglarlo?
¿Arreglar el matrimonio con un desconocido?
¿Arreglar una mentira delante de 300 personas?
La mirada de Sofía se posó de nuevo en Rafael. No se había movido. No había reaccionado. Ni siquiera había preguntado dónde estaba su prometida.En cambio… la observaba.
Como si estuviera esperando.
Como si esto… fuera lo esperado.
Sintió un nudo en el estómago.“No”, susurró. “Algo anda mal.”
El agarre de su padre se apretó dolorosamente.
“Si te vas”, dijo en voz baja, “estamos perdidos.”
El silencio la envolvió.
La música seguía sonando.
Los invitados la miraban fijamente.
Esperando.
Juzgando.
Sofía tragó saliva con dificultad.
Una decisión.
Eso era todo lo que se necesitaba para destruirlo… o salvarlo.
Sus pies se movieron antes de que su mente pudiera reaccionar.Paso.
Paso. Paso.
El pasillo se extendía interminablemente ante ella.
Cada latido era más fuerte que el anterior.
Cuando llegó a su lado, Rafael finalmente se movió.
Se ajustó los gemelos.
Tranquilo. Indiferente.
Entonces su mirada se clavó en la de ella.
Oscura. Segura. Posesiva.«No eres la novia», susurró ella.
Una pausa.
Entonces…
«Lo sé».Se le cortó la respiración.
El sacerdote tartamudeó, confundido, mirándolos a ambos. «¿Deberíamos… posponer la ceremonia?».
Rafael ni siquiera lo miró.
Sus ojos no se apartaron de Sofía.
«Lo harás», dijo simplemente.
No era una pregunta.
Una decisión.
El pulso de Sofía se aceleró.
«Ni siquiera me conoces».
Algo peligroso brilló en su expresión.
«¿No es cierto?».
Las palabras le hirieron más de lo que deberían.
Antes de que pudiera reaccionar... —¿Aceptas a este hombre...? —Sí —dijo Rafael.El sacerdote se quedó paralizado—. Señor...
—Sí —repitió Rafael, con más firmeza esta vez.Todas las miradas se dirigieron a Sofía.
Se le secó la garganta.
Esto no podía estar pasando.
Esto no podía estar pasando.
Y sin embargo...
Su mano buscó la de ella.Cálida. Firme.
Segura.
—Dilo —murmuró, en voz baja, lo suficientemente bajo como para que solo ella lo oyera.
El corazón de Sofía se le aceleró.
—Yo...
Su voz se quebró.Pero su agarre se apretó ligeramente.
No con fuerza.
No con crueldad.
Simplemente... inflexible.Y terriblemente seguro.
—Dilo —repitió.
Sofía cerró los ojos.
Y arruinó su vida.
—Sí.
Mientras los anillos se deslizaban sobre su dedo, Sofía se dio cuenta de algo escalofriante:
Rafael Montero no solo había aceptado a la novia equivocada. La había esperado.La expresión de Rafael se endureció ligeramente.
«No lo sabes todo sobre tu hermana».
Las palabras hirieron más de lo que deberían.
Sofía negó con la cabeza. «No. Estás ocultando algo».
Un silencio peligroso siguió.
Entonces Rafael metió la mano en el bolsillo.
Sacó algo.
Y se lo ofreció.
Un trozo de papel doblado.
Se le cortó la respiración.«¿Qué es eso?»
«Algo que dejó».
Sofía vaciló.
Luego lo tomó.
Le temblaron ligeramente los dedos al desdoblarlo.
Sus ojos recorrieron la letra.Y su mundo se tambaleó.
Porque al final de la nota…
estaba la firma de su hermana.Y una frase que lo empeoró todo.
«Este siempre fue el plan».
A Sofía le temblaban las manos mientras miraba a Rafael…
porque de repente, un pensamiento aterrador la invadió… ¿Y si su hermana no huyó del matrimonio… …sino de ella?






