La noche que nunca lo abandonó

Seis meses antes.

Las luces eran demasiado brillantes.

Las sonrisas demasiado falsas.

Y toda la sala olía a dinero y secretos.

Sofía se ajustó el fino tirante de su vestido negro al entrar en el gran salón de baile, con expresión tranquila, serena, como si perteneciera a ese lugar.

No era así.

En realidad, no.

Esa noche, no era Sofía Álvarez.

Esa noche, era otra persona.

Alguien más accesible.

Alguien intocable.

—¿Nombre? —preguntó el hombre de la entrada.

No dudó.

Valencia.

El nombre salió de sus labios con naturalidad.

Como si siempre hubiera sido suyo.

Él asintió, dejándola pasar.

Y así, sin más,

desapareció entre la multitud.

Sofía se movió con cautela, escudriñando la sala con la mirada.

Políticos.

Inversores.

Multimillonarios.

Depredadores vestidos con trajes caros.

Justo el tipo de hombres que había venido a investigar.

Su objetivo era simple:

Montero Holdings.

Rumores de corrupción.

Acuerdos secretos.

Juegos de poder a puerta cerrada.

Y en el centro de todo:

Rafael Montero.

Un hombre al que nadie conocía realmente.

Un hombre intocable.

Un hombre...

al que necesitaba acercarse.

«No pareces impresionada».

La voz provino de detrás de ella.

Baja.

Suave.

Demasiado cerca.

Sofía se giró...

Y por un instante...

todo lo demás desapareció.

Era más alto de lo que esperaba.

Más afilado.

Más... real.

Ojos oscuros que no solo miraban...

analizaban.

Medían.

Comprendían.

Y en ese momento...

estaban fijos en ella.

Sofía se recuperó rápidamente.

«No lo estoy», dijo con calma. «¿Debería estarlo?»

Un destello cruzó su rostro.

Interés.

Diversión.

Peligro.

—Depende —respondió—. De para qué viniste.

Su pulso se aceleró.

Él no era como los demás.

No intentaba impresionarla.

Intentaba descifrarla.

Y eso…

eso lo hacía peligroso.

Sofía ladeó ligeramente la cabeza. —¿Y para qué crees que vine?

Una pausa.

Luego…

—No perteneces aquí.

Se le cortó la respiración.

No porque tuviera razón…

sino por la naturalidad con la que lo dijo.

Sin acusación.

Sin juicio.

Solo… certeza.

Sin embargo, sonrió.

—Podría decir lo mismo de ti.

Su mirada no vaciló.

—Esta habitación es mía.

La seguridad en su voz debería haberla irritado.

En cambio…

la intrigó.

—Entonces deberías saber —dijo ella con ligereza— que tus invitados son aburridos.

Una comisura de sus labios se curvó.

Solo un poco.

Sigues aquí.

—Observación —dijo ella—. No disfrute.

Otra pausa.

Más larga esta vez.

Como si algo hubiera cambiado.

—No me tienes miedo —dijo él.

No era una pregunta.

Sofía sostuvo su mirada fija.

—No.

Ese…

ese fue el momento.

El momento en que todo cambió.

Porque algo en su expresión…

se quebró.

No visiblemente.

No del todo.

Pero lo suficiente.

Lo suficiente para que algo más profundo se filtrara.

El interés se convirtió en concentración.

La concentración se convirtió en obsesión.

Y Sofía…

Sofía ni siquiera se dio cuenta.

—Baila conmigo.

Las palabras la tomaron por sorpresa.

Parpadeó. —No bailo.

—Esta noche sí.

Ahí estaba de nuevo. Esa certeza.

Como si ya lo hubiera decidido.

Sofía debería haber dicho que no.

Debería haberse marchado.

Mantenerse concentrada.

Mantenerse distante.

Mantenerse inteligente.

Pero en cambio…

—Bien.

Una palabra.

Un error.

Su mano encontró la de ella.

Cálida.

Firme.

Intencionada.

Y de repente…

fue demasiado consciente.

De él.

Del espacio entre ellos.

De la forma en que su mano descansaba suavemente en su cintura.

Sin posesividad.

Sin descuido.

Simplemente… ahí.

Como si perteneciera.

El pulso de Sofía se aceleró.

Molesto.

Innecesario.

Peligroso.

—Me estás mirando —dijo—.

Eres interesante.

Se burló levemente—. Esa es una frase floja.

Yo no uso frases.

Su respiración se entrecortó…

solo un poco.

—¿Entonces qué usas?

Una pausa.

Luego…

—La verdad.

La palabra quedó suspendida entre ellos.

Pesada.

Inevitable.

Sofía apartó la mirada primero.

Porque por un instante…

ya no parecía un juego.

Se sentía real.

Demasiado real.

—¿Cómo te llamas? —preguntó él.

Ahí estaba.

La pregunta que había estado evitando.

La línea que no podía cruzar.

Sofía vaciló…

solo un segundo.

Luego…

—Valencia.

La mentira se instaló entre ellos.

Limpia.

Convincente.

Segura.

Pero Rafael no respondió de inmediato.

Su agarre sobre ella cambió ligeramente.

No más fuerte.

No más flojo.

Simplemente… consciente.

—Valencia —repitió.

Como si lo estuviera probando.

Como si no lo creyera.

Su pulso se aceleró.

—¿No te gusta?

—No lo creo.

Se le cortó la respiración.

—Entonces no hagas preguntas cuyas respuestas no quieras saber.

Algo oscuro brilló en sus ojos.

—Cuidado.

Sofía arqueó una ceja. —¿Es una advertencia?

—Es un consejo.

Una pausa.

Luego, más bajo…

—No deberías mentirme.

Aquellas palabras le helaron la sangre.

No por lo que dijo…

Sino por la seguridad con la que sonaba.

Como si ya lo supiera.

Como si estuviera esperando a que ella lo admitiera.

Sofía forzó una sonrisa. —Entonces quizás no deberías preguntar.

El silencio se prolongó.

Tenso.

Eléctrico.

Y entonces…

La música se detuvo.

Pero ninguno de los dos se movió.

No de inmediato.

Porque algo ya había comenzado.

Algo que ninguno de los dos comprendía del todo.

Sofía retiró la mano primero.

Retrocedió.

Creando distancia.

Distancia necesaria.

—Esto fue un error —dijo ella.

Rafael la observó.

Sin pestañear.

—No —dijo en voz baja.

Su corazón dio un vuelco.

«Esto no fue un error».

La seguridad en su voz la inquietó.

Porque por un segundo…

le pareció una promesa.

Se dio la vuelta para irse.

Porque eso era lo que debía hacer.

Entrar.

Obtener información.

Salir.

Sin ataduras.

Sin riesgos.

Sin complicaciones.

Pero mientras se alejaba…

lo sintió.

Su mirada.

Todavía sobre ella.

Todavía observándola.

Todavía… eligiendo.

Y por primera vez esa noche…

Sofía sintió algo que no esperaba.

No miedo.

No curiosidad.

Algo más profundo.

Algo peligroso.

Algo que se negaba a nombrar.

De vuelta al presente.

La respiración de Sofía se volvió irregular cuando el recuerdo la golpeó.

Más claro ahora.

Más nítido.

Inevitable.

Apretó los dedos a sus costados.

«Lo sabías», susurró.

No solo de antes.

Desde ese momento.

Desde esa noche.

Desde el segundo en que se marchó.

Rafael estaba frente a ella.

En silencio.

Observando.

Esperando.

«Me dejaste ir», dijo ella, con la voz temblorosa. «Me dejaste irme como si no significara nada».

Una pausa.

Entonces…

«No te dejé».

Se le cortó la respiración.

«Elegí no detenerte».

Las palabras resonaron con más fuerza.

Porque significaban algo diferente.

Algo intencional.

Algo planeado.

Sofía negó con la cabeza.

«Deberías haberme olvidado».

«No olvido las cosas que importan».

Su corazón dio un vuelco.

«Esto no fue normal», dijo. «Fue una noche. Una conversación».

«Por ti».

El peso silencioso de sus palabras llenó la habitación.

Sofía sintió un nudo en la garganta.

«¿Y por ti?», preguntó.

Una larga pausa.

Entonces…

Rafael se acercó.

Lo suficiente como para que ella pudiera sentirlo de nuevo.

Esa atracción.

Esa tensión.

Aquello que no entendía.

«Fue el comienzo».

Cuando levantó la mano, vacilando a escasos centímetros de su rostro,

Sofía se dio cuenta de algo aterrador:

No solo había entrado en su vida aquella noche…

Se había quedado en ella desde entonces.

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