Tiré de la anilla con los dientes, sintiendo un sabor metálico y amargo. La lancé por encima del sofá. La explosión sacudió los cimientos de la villa, rompiendo los candelabros de cristal que cayeron sobre los guardias como lluvia de dagas.
Me puse en pie, emergiendo de la nube de polvo como un espectro sangriento. Dos guardias sobrevivientes intentaron levantar sus armas, pero yo era más rápido, no porque fuera mejor, sino porque ya no me importaba morir. Los ejecuté a quemarropa, un tiro en