POV DARKO ROMANOV
—¡ALEKSEY! —mi propio grito se ahogó cuando una ráfaga de vapor aceitoso y petróleo hirviente nos barrió.
Corrí hacia él, tropezando con el metal quebrado, ignorando el dolor en mis propios oídos. Cuando llegué a su lado, el aire me faltó, y no fue por el gas.
Aleksey yacía de espaldas, con el cuerpo extrañamente torcido. El petróleo negro caía sobre él como una lluvia ácida, pero era lo que había debajo lo que me hizo caer de rodillas. El lado derecho de su cuello y pecho p