Despierto varias veces durante la madrugada.
No por pesadillas claras, sino por sensaciones: la impresión de estar observada, el recuerdo del miedo alojado en el pecho, la certeza de que algo se rompió, pero no sé qué ha sido.
Cada vez que abro los ojos, Adriano sigue ahí.
A veces sentado. A veces de pie, mirando por la ventana. Nunca demasiado cerca. Nunca demasiado lejos. Como si midiera cada movimiento.
No hablamos.
Y, curiosamente, ese silencio no es incómodo… es denso, pero no torturador.
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