El primer sonido que escucho es un pitido constante. No sé de dónde viene, solo sé que me atraviesa la cabeza como un taladro lento y persistente. Intento moverme y el cuerpo no me responde de inmediato. Me duele todo. No un dolor agudo, sino uno profundo, cansado, como si me hubieran vaciado por dentro.
Abro los ojos.
La luz blanca me obliga a cerrarlos de nuevo. Parpadeo varias veces hasta que las formas empiezan a definirse. Un techo. Cortinas claras. El olor inconfundible de un hospital o un