Rodrigo Montalban.
El peso de la culpa y la decisión que había tomado se reflejaba en cada arruga de mi rostro mientras me enfrentaba al detective. Su confusión era palpable, y no podía culparlo; mi confesión era tan inesperada como dolorosa.
—¿Que ha dicho? —me preguntó el detective, claramente desconcertado.
—Lo que escuchó, yo maté a mi hermano —respondí, con una frialdad que no sentía.
—Usted estaba en la ciudad —formuló confuso, intentando encontrar un fallo en mi confesión.
—Viaje ile