Elizabeth Romano.
Me despertaron en medio de la noche los gritos de mi madre. Cuando abrí los ojos, noté que ella estaba llorando, su rostro reflejaba una desesperación que me golpeó como un puñetazo en el estómago.
Todo ha ocurrido demasiado rápido, aún me parece un sueño o más bien una pesadilla. Ella no necesita decir nada para que yo lo entienda. En pocos segundos, comenzaron a brotar lágrimas de mis ojos.
—¡No, mamá! —grité, sintiendo cómo mi mundo se desmoronaba.
—Lo siento, mi amor, tu a