Inés llegó un jueves a las ocho de la noche.
El aviso había llegado a las siete cincuenta y cinco.
¿Puedo pasar?
León me miró desde el sillón cuando sonó mi teléfono. Le mostré la pantalla. Levantó una ceja levemente.
—Dijimos veinticuatro horas —dijo.
—Lo sé.
—¿Le digo que no?
—León.
—Pregunto en serio.
—No, no preguntas en serio.
Escribí ven y guardé el teléfono.
Héctor abrió la puerta antes de que tocara el timbre con esa anticipación suya que seguía pareciéndome levemente sobrenatural. Inés