Una vez que llegaron a casa, Antón rodeó a su esposa desde la espalda y le propinó un beso suave y delicado en su cuello. Luego la giró para que quedara frente a él.
—Perdóname, soy un imbécil.
—No digas eso, amor. Hasta yo me pondría histérica si me dicen que alguien toma de la mano a mi esposo.
Él sonrió y aspiró el aire que su amada expulsaba; la besó en esos labios que le sabían a miel.
—No quiero perderte. Te amo tanto —susurró mientras la besaba.
—No me perderás. Siempre estaré junto a ti