El ático se sentía imposiblemente grande aquella noche.
Amanda se movía por él en silencio, cada paso medido, como si el propio espacio pudiera traicionarla. La ciudad se extendía bajo sus pies—una cuadrícula interminable de luces y callejones oscuros, de secretos y amenazas—pero por primera vez, su mirada estaba fija hacia adentro, en los muros que había levantado alrededor de sí misma, los mismos que Luca había comenzado a derribar sin que ella siquiera lo notara.
Luca la había dejado sola po