La mañana llegó sin ceremonia.
Sin sirenas.
Sin gritos.
Sin sangre.
Solo luz.
Amanda despertó lentamente, el cuerpo pesado por un cansancio que iba más allá de los músculos o los huesos. Por un momento no supo dónde estaba. La habitación olía suavemente a lavanda y sábanas limpias. Las cortinas ligeras se movían con la brisa que entraba por una ventana entreabierta.
A salvo.
La comprensión llegó como un regalo frágil.
Giró la cabeza.
Luca yacía a su lado, completamente vestido, sin las botas pe