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Capítulo 2: El hombre que la reclamó

El dolor llegó primero.

Un golpeteo sordo e implacable detrás de los ojos de Amanda, como si alguien estuviera tocando un tambor dentro de su cráneo. Cada latido enviaba un pulso agudo a sus sienes, obligándola a soltar un gemido antes de poder detenerlo.

Intentó moverse, y lo lamentó al instante.

El mundo dio un vuelco. Su estómago se retorció. La luz le atravesó los párpados, demasiado brillante, demasiado repentina. Cerró los ojos con fuerza nuevamente, respirando despacio, intentando anclarse.

—¿Dónde estoy?

El olor llegó después: suave, desconocido, y a lino limpio. Algo floral. Rosas.

Amanda parpadeó, abriendo los ojos.

Sábanas blancas se extendían bajo ella, suaves e imposiblemente impecables. La luz del sol se filtraba a través de cortinas transparentes, proyectando patrones dorados pálidos sobre la cama. Por un instante, pensó que estaba soñando. Que la fiesta de compromiso, el video, la voz de Jason desgarrándola, todo había sido una cruel pesadilla.

Luego notó los pétalos de rosa esparcidos sobre las sábanas, sobre el suelo, cuidadosamente colocados, deliberadamente.

Su respiración se detuvo.

Se incorporó, ignorando cómo protestaba su cabeza. La habitación se enfocó lentamente; una suite de hotel, grande y elegante, con paredes crema, muebles modernos y una ventana enorme que daba a un horizonte urbano que no reconocía de inmediato.

Ese no era su apartamento.

Su mirada bajó hacia sus manos y se congeló.

Un anillo rodeaba su dedo.

Oro, pesado y frío contra su piel.

Amanda inhaló bruscamente.

—No —susurró.

Su corazón golpeaba violentamente contra sus costillas mientras el pánico la invadía. Giró el anillo, tirando de él con dedos temblorosos. No cedió.

—¿Qué…? —su voz se quebró mientras colgaba las piernas al borde de la cama.

Fue entonces cuando sintió la presencia de otra persona en la habitación.

Amanda levantó la vista.

Un hombre estaba junto a la ventana, de espaldas a ella.

Alto, de hombros anchos, vestido con pantalones oscuros y una camisa blanca impecable, con las mangas arremangadas mostrando antebrazos fuertes. Permanecía completamente quieto, manos entrelazadas detrás de él, mirando la ciudad como si le perteneciera.

El aire a su alrededor se sentía… pesado, controlado y peligroso.

—¿Quién eres? —exigió Amanda, su voz más firme de lo que se sentía.

El hombre se giró.

Su rostro estaba tranquilo, demasiado tranquilo. Sus ojos oscuros la evaluaban sin sorpresa, sin curiosidad, solo con una silenciosa certeza. Sus rasgos eran marcadamente severos y disciplinados. No cálidos ni suaves de manera convencional.

El poder lo envolvía como una segunda piel.

—Buenos días —dijo con voz uniforme—. Estás despierta antes de lo esperado.

Su pulso se disparó. —Respóndeme. ¿Quién eres?

Se acercó a la cama con pasos lentos, deteniéndose lo suficientemente lejos como para no invadir su espacio, pero lo bastante cerca como para que su presencia fuera imposible de ignorar.

—Tu esposo.

Por un momento, las palabras no se registraron.

Luego Amanda rió.

Salió una risa delgada y temblorosa, más histeria que humor. —Eso no es gracioso.

Presionó la palma de la mano contra su sien, intentando estabilizar la habitación. —No sé quién eres, pero si esto es algún tipo de broma…

—No lo es.

Él metió la mano en su chaqueta y sacó un documento, colocándolo suavemente sobre la cama entre ellos.

Sus ojos siguieron el movimiento a pesar de sí misma.

El papel era color crema. Oficial. Sellado.

Un certificado de matrimonio.

Amanda lo miró en blanco.

Luego se inclinó hacia adelante.

Su nombre saltó de la página.

Amanda Kane.

Su respiración se cortó dolorosamente mientras escaneaba el resto.

El nombre del novio.

Las firmas.

El sello.

La fecha de hoy.

Su visión se nubló.

—Esto no es real —susurró.

El hombre no reaccionó. —Está registrado en el estado de Nueva York.

Amanda negó con la cabeza, retrocediendo hasta que sus hombros chocaron con el cabecero. —No. No firmé nada. No acepté esto.

—Eras legalmente capaz —dijo con calma—. Y consentiste.

Las palabras golpearon como bofetadas.

Su pecho se apretó. —¿Por qué harías esto conmigo?

Por primera vez, algo cambió en su expresión. No culpa, no arrepentimiento, sino intención.

—Porque mi hermano te destruyó.

Amanda lo miró bruscamente. —¿Tu hermano?

Él sostuvo su mirada, firme.

—Jason Kane.

El mundo se inclinó.

Los oídos de Amanda zumbaban mientras el nombre resonaba en ella. Jason. Su ex prometido. El hombre que la había humillado frente a todo un salón.

—¿Eres su hermano? —susurró.

—Sí.

La revelación pesó entre ellos, llenando la habitación de un silencio cargado. La mente de Amanda corría, ensamblando fragmentos: la confianza de Jason, su sentido de derecho, la manera en que hablaba como si las consecuencias no le afectaran.

—No corrijo sus errores —continuó el hombre—. Los termino.

Un escalofrío recorrió su columna vertebral.

Antes de que pudiera responder, su teléfono vibró en la mesita de noche.

El sonido fue agudo, intrusivo.

Amanda lo miró un segundo antes de agarrarlo.

Un mensaje nuevo.

Jason:

“Se acabó. Mantente fuera de mi vida.”

Algo dentro de ella se quedó quieto.

El último hilo frágil que la mantenía unida se rompió y, con él, las lágrimas que había contenido desaparecieron. Su dolor se endureció, cristalizándose en algo frío y concentrado.

Bajó el teléfono lentamente.

—Si mi vida ya está arruinada —dijo Amanda en voz baja, firme de una manera que incluso a ella le sorprendió—, entonces no seré la única que arda.

El hombre la estudió.

Realmente la miró ahora.

No era la mujer rota que había despertado confundida y aterrada, sino la que estaba sentada erguida, ojos secos, espalda recta mientras la determinación tomaba forma.

Una ligera sonrisa tocó sus labios.

—Eso —dijo— es exactamente por lo que me casé contigo.

Amanda sostuvo su mirada, su miedo cediendo paso a algo más afilado.

—Entonces más te vale estar preparado —respondió—. Porque no interpreto bien el papel de víctima.

Su sonrisa se profundizó, oscura y satisfecha.

—Bien —dijo—. Yo tampoco.

Allá afuera, la ciudad rugía, sin saber que una guerra acababa de comenzar tras puertas cerradas.

Y esta vez, Amanda no estaba sola.

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