Capítulo cuatro. Convivencia

Jake

—Pero ¡¿Qué coño has dicho?! —pone los ojos en blanco, se gira y comienza a caminar —. Detente, Donna McKenzie —no me presta atención y continúa caminando mientras yo sacudo mi traje de la porquería que me embarré —¡qué te detengas! —sostengo su brazo firmemente a nivel del codo, sin ejercer mucha presión —. Tu no me lanzas una bomba como esa pretendiendo que me quede tranquilo, me debes una maldita explicación.

—Déjame en paz, no tengo que responder a eso y no te debo nada…

—¡Me acabas de decir que tenemos un hijo! —esta vez se gira y ríe a carcajadas. No entiendo nada, pero me lo tiene que explicar ahora mismo.

—Yo no he dicho tal mentira, no seas arbitrario —sigue caminando y a este punto la corbata me ahoga y quiero sacarme la chaqueta.

—Entonces ¿a qué te referías con que tienes un hijo? —me mira con ojos entrecerrados.

Silencio. Incómodo. Desesperante.

¿Por qué demonios no habla?

—No me refería a que tengo un hijo contigo —cierra los ojos.

—Entonces es cierto, tienes… un hijo —me encuentro desconcertado —. Seguro es de Jeremy ¿verdad? —resopla enfadada —¿de quien es? Porque el hecho de que no recuerde nada —me acerco peligrosamente a ella. Da un paso atrás —. No quiere decir que no pueda hacer una simple suma —un velo cubre sus ojos por un instante —, amanecer desnudos en esa cama aquel día dice mucho —alzo las cejas y las bajo —¡habla!

—Que engreído eres Jake Connely, me alegro de que no recuerdes nada de ese día porque… —se encoge de hombros —. Me refería a mi gato Dip, el es mi hijo y ahora necesito que me dejes en paz porque yo si tengo trabajo que hacer.

Se larga dejándome solo en esta porquería de empresa. Boto en el cesto de la basura la chaqueta y la corbata. Subo las mangas de la camisa que tiene un alto porcentaje de limpieza salvo la parte de enfrente y troto para llegar al auto. Ella se va en la limusina que mi padre le asignó, yo en mi deportivo que ya está mugroso porque este lugar es un asco.

Se que esta mujer miente, pero estoy seguro que si muestro interés en lugar de curiosidad, mi padre colaborará con algunos secretitos como lo del supuesto hijo que ahora resulta ser el gato.

Conduzco con parsimonia, debo detenerme porque la limusina se encuentra justo en la casa del lado de la mansión Connely. Donna me espera de brazos cruzados recostada a la portezuela de la misma con cara de pocos amigos. Sonrío. No sé qué nos espera ahí dentro porque no recuerdo la construcción, pero ella caerá redondita en mis brazos, aunque no lo quiera aceptar.

—¿Esperas a alguien, esposa mía? —cierra los ojos con cansancio —¿Por qué no has entrado entonces? —levanta la llave de la casa.

—Esta llave no sirve sin la tuya —sonríe como si yo fuera el estúpido. Pero me siento embaucado por ese viejo zorro, saco el teléfono ajustando el manual bajo mi brazo —. No te molestes, ya lo llamé y lo corroboró.

—Vaya, si que nos quiere juntos ¿eh? Solo falta que haya una habitación nada mas —extiendo la mitad de la llave y ella de grosera la arrebata de mi mano.

No puedo dejar de mirar ese super culo que tiene ¿Quién diría que cambiaria tanto en unos años? Veo cuando le da vuelta a la llave y la puerta abre. Me adelanto para entrar con ella y lo que veo me hace sonreír.

Una sola habitación habilitada. Debi saberlo. Donna queda estática como una estatuilla. No puedo leer sus pensamientos, pero si tiene tres dedos de frente saldrá corriendo de aquí porque no dormiré en el suelo y ¡no! No soy un caballero.

—Esto es una maldita trampa —me mira con ojos encendidos —. Tu padre quiso hacer esta m****a —señala y yo solo puedo quedarme quieto.

Esto no me agrada mas que a ella, pero como soy un desgraciado voy a jugar con sus emociones, eso siempre se me ha dado muy bien.

—¿Qué harás? —pregunto con tono burlón —¿te largarás?

—Eso es exactamente lo que haré, Jake. Me rehúso a compartir la alcoba contigo, me rehúso a compartir mi aire contigo —me empuja para pasar.

—Creo que ganaré y te quedarás en la calle —se detiene. Río —. Y me dices que no quieres dejarme sin herencia ¿a quien quieres engañar, Donna? Eres una arribista.

—Sabes —se detiene, imagino que desea asesinarme —. No quiero escucharte. Dormirás en el sofá —hago la onomatopeya de una corneta.

—No voy a dormir en el sofá, Donna. Dormiré en esa linda cama de dos metros cuadrados porque quiero y si tu brillante intelecto no te alcanza para saber que no te deseo, entonces tu usarás el sillón —me arranco la camisa y ella baja la mirada.

Me voy a la sala de baño para asearme y ¡claro que si! Hay ropa para dormir y todo lo que necesitamos para nuestra estancia de un ano completo en esta tortura de convenio. Salgo solo con el pantalón de pijama puesto. Una sola habitación y un solo baño. Ella espera fuera de la habitación para asearse también y paso de largo por su lado dejando una estela de mi perfume, lo cual la hace cerrar los ojos.

Sonrío engreído, arrogante y pretencioso. Ella solo resopla enfadada cuando me ve la cara de chulo y se larga al baño.

—Odio a Mark Connely —dice furiosa y yo me encuentro en el sofá de la sala leyendo como niño bueno —. Esto es un maldito atropello — y mi error fue levantar la vista hacia ella.

Lleva puesto un pantaloncillo cortito que le hace el culo ¡uf! Y la camisilla sin mangas. Estoy babeando. Necesito que duerma en esa cama conmigo para follarmela a lo bestia.

—¿Debo levantarme o dormirás conmigo, esposa mía? —entrecierra los ojos hacia mí.

—Lárgate a tu cama imbécil, ya te dije que no quiero respirar tu mismo aire —me levanto lentamente del sillón permitiéndole ver mi entrepierna semierecta. Se gira y aprovecho.

Me acerco lo suficiente para que sienta el calor de mi cuerpo. La temperatura ha subido tanto que su cuello se ve perlado. Acerco los labios a su piel y le hablo.

—Esto es un juego, Donna McKenzie, mi padre nos quiere juntos hasta que uno de los dos claudique y si esperas ganar tendrás que pasar por encima de mi… desnuda.

Se aleja de mí. Veo como respira profundamente para luego, apartarse y caminar hasta la habitación. Pero cuando creo que va a acostarse, sale armada con un par de almohadas, una cobija el teléfono en la mano y el libro que lleva por título: cincuenta sombras liberadas.

¿De dónde lo sacó?

—Ya tienes el espacio libre para dormir cómodo y tranquilo sin mí, esposo —me mira con aversión —. No creas que estaré vestida así cada que me vaya a dormir porque no pretendo ser provocativa y mucho menos tentarte a nada, idiota —ella habla y yo solo sigo pensando en el libro.

—Bien —refunfuño de mala gana.

—Bien —responde ella llegando al sofá haciendo malabares con lo que lleva encima.

Me interno en la alcoba sin mirar atrás, oteo el lugar y encuentro una pequeña biblioteca. Por supuesto que mi padre quiere que nos relacionemos ¡qué viejo metiche! Lo tiene todo pensado, pero se equivoca. Y ella también porque estoy convencido de que tiene algo que ver. Busco el manual y me doy cuenta que lo he dejado en la sala, salgo a buscarlo. Me percato de que ha acomodado el sitio para poder dormir, su teléfono suena en el momento que salgo a buscar el libro, y ella responde a la llamada.

—¡Mami!

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