Capítulo dos. Desafíos

Donna

Salgo corriendo prácticamente, no sé qué pasó ahí dentro, lo único que puedo decir es que las piernas se negaban a sostenerme. Mis ojos se cristalizan, no quiero que se percate de que puedo ser débil ante su sola presencia. Es un imbécil. Nada tiene que ver con que sea atractivo y goce de ese no sé qué, que lo hace… irresistible para otras mujeres.

Mark Connely ¿en qué lío nos has metido?

Entro a la inmensidad de mi oficina y mi secretaria queda de pie con un documento en las manos a lo cual niego con la cabeza. No puedo en este momento revisar nada o entrevistar a nadie. Necesito centrarme en que esta pantomima es solo un convenio, que estos anillos en mi dedo son solo símbolos de un acuerdo y que le ganaré la empresa la empresa a Jake.

Respiro profundamente.

Un dos tres. Un dos tres. Me tranquilizo poco a poco y me siento en la comodidad de mi sillón, de eso han pasado unos… veinte minutos.

—Leana, pásame los documentos de la solicitud de la constructora por favor —indico a mi secretaria.

—Enseguida, jefa. Otra cosa —miro algunos correos mientras la escucho —el Sr. Connely dejó un sobre sellado para ti —pestañeo varias veces ante el ruido que me produjo “Sr. Connely y sobre en una misma oración”.

Se asoma con el manual de “procedimientos de mantenimiento” que debe tener más o menos quinientas páginas y se me ocurre una idea maléfica.

Levanto el teléfono para llamar a Jake y no responde, debe estar encendido con su padre por las cláusulas del contrato. Llamo de nuevo y me responde dulcemente:

—¿Qué? —como dije, muy dulce.

—¿Te llegó un sobre sellado?

—Sí y ¿a ti?

—Me llegó. No quiero abrirlo —digo en un segundo de debilidad buscando algo de humanidad en él.

—Tu problema, no el mío —y cuelga.

¡Uy, es tan idiota!

Abro el sobre: saco una nota de Mark que dice “esta es la llave para su nueva casa”. Extraigo el llavero que es precioso en oro puro. Un documento de propiedad llama mi atención y al leerlo me doy cuenta de que es una casa a nombre de ambos, siento un mareo más la sensación de vértigo que le sigue por la preocupación de que debo compartir vivienda con Jake.

Restriego mi rostro con las manos. Me siento atada a la silla. Pero cuando decido que pensar en otra cosa me hará bien, el interfono suena con la voz de mi asistente.

—Donna, el Sr. Connely al teléfono —cierro los ojos.

—¿Cuál de los dos?

—No es el imbécil —responde y sonrío.

—Comunícalo —escucho el pitido —. Dime Mark.

—Te necesito a ti y a Jake esta tarde en la empresa para comenzar con la auditoria —maldita sea.

—¿No crees que es pronto para ir juntos? Puedo inspeccionar primero y luego…

—Los quiero juntos, Donna. Tan juntos que parezcan uno solo —niego con frustración —. Parece que ninguno ha entendido que lo único importante aquí es que la junta directiva vea un matrimonio amoroso y con futuro para que yo pueda retirarme y vivir lo que me resta en paz —asiento con los labios apretados —¿entiendes ahora como de juntos los quiero?

—Si señor, claramente.

Si Mark quiere una auditoría, le daré una tan profunda que Jake no sabrá si lo que falta es dinero o su dignidad corporativa.

—Haz la llamada entonces y convence al cabezota de mi hijo para que esta misma tarde vayan juntos. Gracias —cuelga.

Yo también lo hago. Me levanto y aprieto el botón que cierra las persianas y grito de pura frustración y coraje. Jake va a saber quien manda luego de que acabe con él esta tarde.

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Jake

—¡¿Qué quieres?! —respondo ya enfadado por lo que estoy leyendo en el documento de propiedad de la casa que tengo que compartir con esa mujer odiosa y… y…

—Debemos ir a la empresa para comenzar con la auditoria —gruno.

Me encuentro encerrado en la oficina con un montón de cuentas que ajustar ahora que “debo hacer mi trabajo” y esta mujer molestando.

—¡No, ve tu sola! No tengo tiempo para perder —escucho que resopla enfadada.

—No te apures por mi por favor. Es una orden de tu padre, mas bien uno de los decretos magistrales de un convenio que no nos facilita las cosas a ninguno de los dos, Jake.

—Pues que yo sepa nunca has necesitado de mi para nada, hazlo tu sola. Yo tengo trabajo acumulado de años.

—Si por lo menos trabajaras a diario lograrías estar al día, no me culpes de ello —cierro los ojos pidiendo al cielo un poder para desaparecerla de mi vida.

¡Que se case con otro y se vaya a la m****a!

—Me estas robando tiempo valioso, Donna. De eso te culpo.

—Después no te quejes de que tus cuentas se encuentren vacías. Estaré en la planta a las cuatro con treinta si estas interesado en conservar tu herencia—entrecierro los ojos hacia un punto en la pared.

—¿Dé que m****a hablas? —gruñe frustrada. Me encanta.

—De que tu padre me llamó para ordenarme directamente que debemos ir juntos o de otro modo nos arruinará —me carcajeo.

—Mi padre no hará eso, Donna. Es imposible que cancele nuestras cuentas —explico como si fuera una niña.

—Revisa tus cuentas… genio.

¿Eh?

Bajo de mi auto deportivo con un montón de estados de cuenta en cero, la frustración que me arruga el traje y la emoción de que gritaré para derrumbar este asqueroso lugar que, además de abandonado esta sucio abandonado. Escucho voces y me adentro hacia el lobi de lo que en algún momento fue una empresa… limpia. La manija de la puerta atrapa mi chaqueta de Armani abriendo un pequeño hoyo y golpeo con el puno la puerta.

—Bienvenido a casa, cariño —achico la mirada hacia Donna al reconocer el sarcasmo en cada palabra.

Pero mi respiración se queda atascada en la garganta al verla sin el uniforme enfundada en unos vaqueros negros con una blusa suelta ¿de dónde sacó ese culo y esas tetas?

¡Maldita sea! Las cosas han cambiado mucho desde la universidad y esta mujer es un monumento a las subidas de presión arterial y de otros levantamientos también. Esta buenísima.

Y es mi esposa.

Ya como que no va a ser un calvario compartir la casa que muy amablemente mi padre nos obsequió. Me acerco ignorando el desastre con la vista puesta en… esas enormes tetas que no se notan con el uniforme o con los vestidos sosos que usa. Mi cabeza se inclina sin pedir permiso, ella se encuentra al pendiente de un documento y levanta la cabeza.

—Sr. Connely es un placer poder trabajar con usted al fin —el hombre estira la mano derecha hacia mí, pero deja la izquierda justo en el codo de mi esposa.

Paso la vista de nuevo por la figura de Donna, miro la mano del hombre. La estrecho con más fuerza de lo debido.

—Es un placer Falcon, trabajaremos juntos. Si que lo haremos —clavo la mirada en él y se amedrenta por un instante ¡excelente porque es lo que quiero! —. Pero aleja la maldita mano de mi esposa o te la rompo…

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