Capítulo cincuenta y nueve. Una hermosa lección
Donna
El olor delicioso del tocino crujiente, los huevos fritos y los panecillos recién horneados inunda toda la cocina, no puedo negar que al saltarme la cena anoche: muero de hambre esta mañana. Junto a la abuela Maeve, me muevo de un lado a otro organizando los platos sobre la larga mesa de madera. A través del ventanal, veo a mi madre, y a Roland terminando de asear por completo el porche del rancho junto a Benny. En este hogar nadie se cruza de brazos; el trabajo en equipo es nuestra ley.