Capítulo veintiséis. Déjame ir
Déjame ir
Domenico no supo cómo y cuando salieron de la vieja bodega, de lo único que era consciente era del rostro de Pilar.
—¡Date prisa, Ivana! —gritó.
—Estoy yendo lo más rápido que puedo, señor —respondió la guapa morena, mientras hundía la punta de su bota militar en acelerador y levantaba el otro pie del freno, el auto se desplazó por la Zona Navigli a una velocidad impresionante, captando la atención de algunas patrullas que vigilaban el lugar.
—¡Maldición! —gruñó Domenico al escuchar