Arturo no huyó, ni tuvo tiempo de huir.
Sólo podía obligarse a permanecer quieto y mirar a Doris. Su mirada era tan profunda que Doris no podía adivinar lo que pensaba.
Entonces Doris se agachó delante de Arturo. Estaba tan cerca de él que Arturo podía oler su aroma.
Doris llevaba un perfume muy agradable, Arturo no sabía de qué marca era.
—Señor Arturo York.
Doris pronunció su nombre suavemente.
—Estoy escuchando. —le respondió en voz baja.
—Sólo te pregunto una cosa. ¿Qué soy para ti? ¿Estás s