Quiana se sonrojó.
Susurró: —Alejandro nos acaba de traer la barbacoa. Mamá, no la quiero yo, la quieren mis alumnos, y Alejandro siempre ha sido bueno con ellos, comprándoles lo que quieren.
—Mientras comía la barbacoa, de repente me dijo que le gustaba, que no era una amistad, que quería casarse conmigo.
—También me mandó un ramo de flores. Me preguntó qué pensaba cuando lo recibí, pero en ese momento sólo podía pensar en pasteles de flores.
Al ser fulminada por su madre, la voz de Quiana fue