—Duncan.
Gritó Margaret.
Era ella quien le había pedido a Liberty que cuidara de su hijo, y se sentía culpable por dejar que Liberty se quedara así fuera.
Duncan cerró los ojos, sin ganas de hablar.
Margaret no podía hacer nada.
Al ver el sudor frío que se filtraba por la frente de su hijo, se sintió desconsolada de nuevo y cogió un pañuelo de papel para secarle suavemente el sudor.
—Duncan, sé que aún quieres a Liberty, ¿por qué te torturas así?
Duncan permaneció en silencio con los ojos cerrad