El débil eco burlón de la risa de Adrian se desvaneció, dejando el despacho más frío que antes.
Zara permaneció inmóvil, con una mano sobre el lugar de su vestido donde había limpiado el contacto de él. Aquella pequeña chispa de desafío que había nacido en su interior se endureció, transformándose en algo más fuerte. Más resistente. Como acero forjado en el fuego.
Adrian firmó el contrato con un trazo firme y dramático, como si estuviera estampando su marca sobre la vida de ella. Ni siquiera se