Mundo ficciónIniciar sesiónZara Alaric estaba sentada al borde de la cama, mirando el armario, sin saber qué ponerse. La pelea con Adrian Voss aún le dolía. Sus palabras afiladas seguían repitiéndose en su cabeza, cada una cortando más profundo que la anterior.
Un golpe suave en la puerta sonó antes de que pudiera recomponerse. Isabella Voss entró con su teléfono en la mano, su expresión suave y preocupada.
Había visto el enfrentamiento entre su hermano y su nueva esposa. Esperaba encontrar a Zara llorando, rota, quizá incluso buscando consuelo.
Pero Zara levantó la mirada, una media sonrisa tirándole de los labios, y dijo:
—Oh, perfecto momento. Necesito tu ayuda. Dime, ¿qué vestido crees que hará que tu hermano sea un poco menos gruñón, menos grosero… y quizá, solo quizá, un poquito menos imposible?
Isabella parpadeó y luego estalló en carcajadas.
—Vaya. Yo venía lista con pañuelos, no para escuchar cómo lo destrozas.
—Bueno —dijo Zara, levantándose y llevándola hacia el armario—, si no me río, voy a llorar. Y me niego a darle ese gusto.
Las dos comenzaron a sacar vestidos y tirarlos sobre la cama. Isabella negó con la cabeza entre risas mientras Zara murmuraba para sí misma:
—Jefe gruñón. Tirano maleducado. Humano imposible. Debería aparecer en pijama y ya.
—No te atreverías —bromeó Isabella.
—¿Ah, no? —Zara alzó una ceja—. Imagina su cara si entro en esa gala con pantuflas. Probablemente sería la primera vez que lo dejo sin palabras.
Ambas rieron tanto que casi se cayeron sobre la cama.
Finalmente, Isabella levantó un vestido del color de las brasas encendidas.
—Este. Póntelo. Le cerrará la boca más rápido que cualquier trato de negocios.
Zara lo tomó y se lo puso con dificultad. El cierre era terco, y después de varios intentos y tirones, ambas lograron cerrarlo. El vestido se ajustaba a ella como si hubiera sido hecho a medida.
—Listo —declaró Isabella—. Te ves increíble. Se va a atragantar con sus propias palabras.
—Eso espero —murmuró Zara.
—Por cierto —añadió Isabella con una sonrisa—, ¿los panqueques que hiciste esta mañana? Me los comí todos. Tienes que enseñarme.
—Me alegra que alguien en esta casa me aprecie —respondió Zara con un tono juguetón.
Rieron otra vez, y por un breve momento el peso de la crueldad de Adrian desapareció. Zara casi se sintió normal… como si tuviera una hermana a su lado.
Pero cuando entró al baño para arreglarse, el teléfono de Isabella sonó. Era su madre, con voz urgente:
—Vuelve a casa ahora mismo. Tenemos que hablar.
—Será rápido —susurró Isabella a través de la puerta—. Vuelvo antes de que termines de arreglarte.
La ducha estaba encendida. Zara no escuchó nada.
Cuando salió unos minutos después, aún con vapor rodeándola, Isabella ya no estaba.
Miró alrededor, esperando, pero su pecho se tensó con inquietud. El cierre del vestido se había vuelto a atascar. Por más que tiraba o giraba, no se movía.
Su respiración se aceleró. Sus manos temblaban.
Necesitaba ayuda… justo cuando la puerta se abrió.
Adrian.
Adrian Voss llenaba el marco como una sombra, las mangas remangadas, sus ojos gris acero afilados como una hoja. Su mirada recorrió su figura sin emoción.
Sin preguntar, dio un paso adelante. Sus manos fuertes y controladas se posaron en sus hombros y su cintura. Zara se quedó rígida ante la repentina cercanía. En un solo movimiento, cerró el vestido.
—Podías haber elegido algo más fácil —dijo fríamente—. Pero no. Siempre eliges lo que no te pertenece.
El pecho de Zara se tensó.
—Escucha bien —continuó Adrian, con voz baja y despiadada—. Esta noche no se trata de ti. Un solo error, una risa nerviosa, una palabra fuera de lugar, y me harás arrepentirme de todo este arreglo.
Su garganta estaba seca.
—Sí, señor —susurró.
Sus labios se curvaron, no en amabilidad, sino en burla.
—Buena chica. Pero temblar no te salvará.
El trayecto hacia la gala estuvo lleno de silencio.
Zara se sentó en la parte trasera del coche, con las manos fuertemente entrelazadas sobre su regazo, mirando por la ventana. Cada cartel luminoso y cada torre brillante le recordaban lo lejos que estaba de la vida sencilla que una vez tuvo.
A su lado, Adrian estaba recto, la mandíbula tensa, su presencia abrumadora.
Zara lo miró de reojo y murmuró en voz baja:
—Estatua de piedra… rey gruñón… profesional del mal humor.
Su cabeza giró de inmediato.
—¿Qué dijiste?
Zara le regaló su sonrisa más inocente.
—Nada. Solo… practicando conversación.
Sus ojos se estrecharon, pero no dijo nada más.
Cuando llegaron, la alfombra roja brillaba bajo los flashes de las cámaras. Adrian Voss salió primero y la multitud se agitó. Los fotógrafos se inclinaron, las cámaras clickeando sin parar.
Zara dudó antes de tomar su mano. Su agarre fue firme, casi castigador, mientras la ayudaba a bajar. Por un segundo pensó en apartarse. Pero entonces Adrian se inclinó hacia ella y susurró, lo bastante bajo para que solo ella lo oyera:
—No lo olvides. Un solo error, y recordarás a todos que eres solo un reemplazo.
Su pecho se apretó.
Aun así, enlazó su brazo con el de él y forzó una sonrisa mientras caminaban hacia adelante. Para el mundo, parecían una pareja perfecta. Para Zara, se sentía como cadenas disfrazadas de seda y terciopelo.
Dentro, los candelabros brillaban como estrellas cayendo del cielo. Parejas elegantes conversaban entre risas cuidadas y artificiales. Adrian la guiaba entre la multitud, presentándola como su esposa con precisión impecable.
Algunos sonreían con amabilidad. Otros observaban con curiosidad, calculando.
—Ustedes dos parecen hechos el uno para el otro —dijo una mujer con entusiasmo.
Zara mantuvo su sonrisa educada.
Antes de que pudiera responder, Adrian se inclinó hacia su oído, su voz helada:
—Eso no es cierto. Y ambos lo sabemos.
Sus uñas se clavaron en su palma, pero su expresión no cambió.
La noche pasó entre saludos, apretones de manos, risas forzadas y pruebas silenciosas de Adrian Voss. Una pregunta sobre una pintura. Un comentario diseñado para hacerla fallar frente a otros. Cada vez, la mente de Zara corría rápido. Tropezó una o dos veces, pero se adaptó con sorprendente rapidez.
Y aunque el rostro de Adrian seguía siendo de piedra, algo brilló en sus ojos.
Algo que aún no tenía nombre.







