La repentina dureza en la voz de Adrian cortó el pesado silencio como un cuchillo.
—¿Qué estás haciendo con ella? ¿Y por qué no me dijiste que venías…?
Zara se quedó paralizada. Su pecho se tensó al escuchar aquellas palabras tan cargadas de juicio y tan vacías de cualquier defensa. La decepción se acumuló en su corazón porque era dolorosamente evidente que Adrian no había visto la discusión entre ellas. No había notado sus lágrimas ni sus temblores. Y peor aún, jamás habría considerado ponerse