Berta tenía mala cara, su corazón se aceleró de rabia. Iba a decir algo cuando Santiago, que se había adelantado, la contuvo.
Se quedó paralizada.
La ancha espalda de Santiago la bloqueaba, y no podía ver la sonrisa viciosa de Alita ni las caras malvadas de los macarras. Era como un muro que la aislaba de toda la fealdad del mundo.
A Berta se le encogió el corazón y una sonrisa imperceptible curvó la comisura de sus labios.
—Señorita Jiménez—La voz de Santiago era fría—. Dime tu plan.
—¿Te lo di