—¿Alquiler?—Santiago giró la cara para mirarla y enarcó las cejas, con una sonrisa irónica en la comisura de los labios— . ¿No estamos casados? ¿Todavía le cobras el alquiler a tu marido?
—Tú...
Berta no esperaba que se le ocurrieran las palabras, al instante se puso roja y le miró aturdida, incapaz de decir nada.
Santiago rió suavemente y dejó de burlarse de ella.
Su cama plegable seguía en pie fuera del porche, y la sacó con una mano, dispuesto a ponerla de nuevo en el rincón.
Al pasar por Ber