—Soledad—tragó saliva—, la última vez que me emborraché y me lo pusiste en la mano, creo, creo que tiene la talla justa. Nunca había llevado un anillo que me quedara tan bien.
—¿Eh?—Soledad quedó más sorprendida.
—¡Y luego me pediste que te lo devolviera, y me molestaba el dedo vacío!
...
—Soledad, ¿soportas verme sufrir?
Soledad no entendía de qué hablaba, pero le parecía que nunca antes, desde que se conocían, lo había visto apurado.
Sin embargo, era especialmente paciente, de voz suave, e inc