Soledad se sobresaltó al principio.
Al cabo de un rato, se dio cuenta de que el hombre tenía las manos enrolladas como dos bollos de pan, por lo que no podía quitarse los pantalones...
Estaba un poco avergonzada, con la carita un poco roja, bajando los párpados y susurrando: —¡Yo, yo iré a llamar a un enfermero por ti!
—Cuando llegue el enfermero, mearé encima!
—Que...
—¡Venga! —Daniel frunció el ceño—, solo me ayudas a quitar el cinturón.
Soledad agachó la cabeza, avergonzada pero dulce por den