Lucía guardaba silencio.
Los hombros de mamá eran delgados, pero en aquel momento se sintió increíblemente a gusto apoyándose en ellos. El aroma del cuerpo de su madre también calmaba sus nervios tensos y la tranquilizaba poco a poco.
—Luci —dijo Ana suavemente—, en realidad, somos muy afortunadas, de que yo haya conocido a tu padre y tú a Polo.
Lucía enganchó ligeramente los labios.
Sí, los dos hombres que eran genuinamente buenos con ellas.
—¿Y de dónde viene tu inferioridad delante de él? —An