Lucía colgó enseguida, pero Sonia perseveraba y llamaba una y otra vez.
Por primera vez en su vida, Lucía puso los ojos en blanco ante el teléfono, respiró hondo y deslizó la pantalla para contestar.
En cuanto descolgó, se oyó un dulce y empalagoso: —Cuñada...
Lucía sintió que se le ponía la carne de gallina, se tranquilizó y sonrió: —Ay, prima Sonia, ¿qué te pasa?
—¿No puedo llamarte si no tengo nada?— Sonia sonrió alegremente—, ¡No te he visto en los últimos dos días, te echo de menos, y tambi