Reflejado en el espejo, Santiago lucía pálido, sus labios tan blancos como su tez. La marca de un mordisco en su labio superior era evidente, un recuerdo del encuentro con Valentina la noche anterior. Al notar la mirada burlona de Dylan, Santiago, irritado, arrojó el espejo hacia él.
Dylan lo atrapó con agilidad, no pudiendo evitar mofarse.
—Don Mendoza, usted está herido, ¡debería cuidarse más!
—¡Vete!
Santiago, con los ojos cerrados, le ordenó que se marchara. Sabía que si no hubiera estado he