73. No rompo una promesa
Stefanos
El silencio en aquella habitación pesaba más que el acero. Me levanté despacio, sintiendo cada músculo tenso por el esfuerzo de las últimas horas. Pero nada dolía más que verla allí, inmóvil, acostada en esa cama blanca y fría, rodeada de cables y máquinas que susurraban lo que quedaba de su vida.
Me acerqué como quien teme asustar un sueño. Mi mano dudó en el aire antes de tocar su rostro. Su piel estaba fría, pálida... Pero aún era la suya. Aún era mi ruina.
Pasé los dedos por la cur