350. Yo decreto el fin

Abuelo

Sostuve el teléfono con tanta fuerza que sentí los huesos crujir.

Sonaba. Sonaba. Sonaba.

Nada.

El sonido de la línea muerta me llenó de odio.

Arrojé el aparato sobre la mesa con fuerza. El estallido fue fuerte, pero no lo suficiente para aliviar la rabia que ardía en mí.

"Sé dónde estás, mocoso...", murmuré, apretando los dientes. "Metido en ese territorio maldito. Traicionando mi legado...".

Cerré los ojos, respirando pesadamente. Sentí la sangre hirviendo en mis venas, el corazón lati
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