310. Acepto intentar
Juliana
El beso aún ardía en mis labios. Como una marca invisible... o tal vez inolvidable.
Pero no era solo el beso.
Era él.
Era la forma en que me tocaba. Como si estuviera prometiendo, sin palabras, que nunca más me dejaría ir.
Mi cuerpo flotaba, ligero y entregado. Y, al mismo tiempo, estaba anclado a él, atrapado por hilos que yo no veía, pero sentía en cada parte de mí.
Mi loba ronroneaba, rendida, suplicando que olvidara todo y simplemente cediera.
Pero mi mente...
Mi mente era un campo