164. Mi propia sangre

Stefanos

El día amaneció y yo aún no había pegado ojo.

El sol ya asomaba por la ventana del despacho, tiñendo los muebles con una luz dorada suave. Pero nada en ese ambiente tenía paz. Nada en mí tenía descanso.

Nuria dormía en la habitación, envuelta en seguridad y en silencio, y fue por ella, por ese pequeño ser que latía dentro de ella, que yo estaba aquí. Con los ojos rojos, los puños cerrados y el corazón en conflicto.

Johan entró por la puerta, como si nada hubiera pasado.

Con las manos e
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