106. Plata alterada
Nuria
La puerta se abrió con fuerza.
Me levanté de un salto, el corazón aún acelerado por su ausencia, pero su presencia bastó para hacerme correr.
"¡Stefanos!"
Atravesando la habitación en un segundo, me arrojé contra el pecho ancho y cálido que tanto conocía, sintiendo su olor… sudor, humo… y sangre.
"¿Estás herido?", pregunté, jadeando, mis manos intentando abrir la tela rasgada de su camisa, mis dedos temblando de miedo.
Pero él sujetó mis manos con firmeza.
"No es mío". La voz salió grave,