Todo el cuerpo me temblaba, lo que tanto temía se había cumplido, la mirada de Alejandro era de decepción y al mismo tiempo desprecio. Caminó hacia su escritorio de manera lenta, conteniendo su ira.
—Explícame Virginia Andrade, ¿con qué derecho me ocultaste a Eros Andrade?
No pude hablar, ya lo sabía y con nombre propio, bendita suerte la mía, se entera justo antes de que yo se lo confiese, el labio me temblaba. Tomó la carpeta.
» ¿Te refresco la memoria? —implementó su sarcasmo hiriente—. Con