A Alejandro parecía que se lo llevaba el demonio, me despedí de César, Deacon y abracé a Fernanda.
—Me encantó verlos, pero ahora debo irme. —miré a Alejandro, apretando la mandíbula—. Que estén bien.
Tomada de la mano de Bastián, quien muy caballeroso se despidió de todos y de abrazo con Deacon. Había caminado dos pasos cuando habló Alejandro Orjuela.
—Virginia. —Nos detuvimos, habló en español y no en inglés, como había hecho toda la reunión—. ¿Cuándo empezamos a trabajar?
—Llego a Colomb