Las lágrimas corrían por sus mejillas. El dolor se mezclaba con un placer cegador. Quería llorar, gemir y correrse, todo al mismo tiempo.
Él empezó a embestir—lento al principio, saboreando la resistencia. Sus huevos golpeaban contra su sexo empapado, cada impacto húmedo era un recordatorio cruel de lo que él ya había tomado.
—Ahora eres mi pequeño juguete sexual —gruñó, golpeando más fuerte—. Tu trasero, tu sexo, tu boca... cada agujero me pertenece.
—Sí —sollozó ella—. Todo tuyo... por favor.