Las luces de la ciudad se desdibujaban en una mancha de oro y sombras a través de los ventanales del ático, pero dentro, el aire estaba cargado de un tipo de calor diferente. No era solo la humedad de sus cuerpos. Era la promesa silenciosa de años entre Leo y Marcus que finalmente se había disuelto en sudor sobre las sábanas.
Su nombre era Anya. Yacía entre ellos ahora, con la espalda arqueada contra el pecho de Leo y las piernas abiertas sobre las caderas de Marcus. La regla —nunca enamorarse