Él se aleja de mí y se derrumba en la cama a mi lado.
—Nunca estás satisfecha, ¿verdad? —dice mientras me mira con asombro.
—Estoy empezando a serlo —digo mientras le sonrío con cansancio—. Nadie me coge como tú —digo en voz baja.
Cierra los ojos y gime. Luego se levanta de la cama, se acerca a la mesilla de noche y abre un cajón. Saca algo negro, largo y con forma de pene.
—¿Qué estás haciendo? —pregunto un poco alarmada.
—¿Tienes miedo? —pregunta con una sonrisa.
—No —digo, pero miento. Nunca